Matilde SanchezArgentinaWriting2011
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“La Internacional de los Dementes”

Project Summary


“La Internacional de los Dementes” is a narrative project based on real medical histories belonging to what I would call an “archive in progress”, taken from the depths of the José T. Borda Mental Hospital in Buenos Aires. The treasures of this hospital bureaucracy were discovered between 2001 and 2002 by accident, during a plumbing reconstruction in the bricked-in underground tunnels that had connected distinct wings of this mental asylum for a half century, and also in the walled-in ward of Dr Amable Jones service. The Borda Hospital continues to run today and houses a large population of patients.

 

This project does not aspire to the systematic complexity of a study in the history of psychiatry. In lack of the formidable permanent exhibition that could be set up with it, but which will not be in the near future, I think of it more as an imaginary museum of just about everything.

 

From the very beginning, my contact with the archive has been that of a writer, marked by emotion and sheer awe at this factory of biographical non-entities, based on the systematic erasure of the personal narratives, typical of psychiatry at the beginning of the XX century and to this day. By applying controlled fictional techniques to non-fictional materials, I try to reveal the biographical information contained in what is most likely one of the two or three largest psychiatric archives in the world, holding more than 22 thousand case histories of male patients. I might say it proposes an approach using the peculiar sort of “montage” or editing of essay writing.

 

At the same time, the sum of patient portraits, photographed close in-up and repeated over and again without variation, creates a sort of visual vertigo of identities. both serialized and industrialized by photographic social surveillance.


La internacional de los dementes

 

  En el sur de Buenos Aires, en esa zona del barrio de Barracas que parece otra ciudad y mantiene su propio régimen de asfalto y maleza, se levanta un poco desmoronada una gran construcción de fines del XIX. En lo alto del primer piso sobre columnas de fierro, se encuentra la amplia sala de ventanales y en ella la gran batería de historias. Como las buenas bibliotecas, es un sitio cargado de electricidad, una batería de memoria. El reservorio de papel apolillado guarda intacta su carga de energía. Es el archivo de los dementes que vivieron en este hospital.

 

El conjunto de terrenos que hoy se extienden a espaldas de los hospitales Borda y Moyano eran conocidos hasta fines del XIX como las chacras de los Bethlemitas, por haber pertenecido a esa orden de frailes dedicados a la salud de los indigentes y la reforma católica de criminales. El Hospicio de las Mercedes fue inaugurado como hospital público el 8 de mayo de 1887 y venía a mejorar las condiciones del pabellón policial, entonces conocido como la Medialuna y reservado a locos y dudosos en la vieja Penitenciaría. Diez años más tarde, el Departamento Nacional de Higiene de la república ya contaba con secciones especializadas de Policía sanitaria, que entendía en la higiene doméstica, y una Policía sanitaria internacional, que contaba con unos inauditos espías inmigratorios. Estos Inspectores Viajeros viajaban de incógnito en los barcos que hacían puerto en Buenos Aires con su cargamento de inmigrantes. Alimentado incesantemente de material humano, el Hospicio sería una institución central tanto en las políticas sanitarias de una nación que afrontaba grandes flujos de origen cultural muy diverso, como en el vasto armado académico emprendido por los funcionarios e ideólogos de la salud pública argentina, el higienista José M. Ramos Mejía y sus discípulos.

 

Un príncipe en el lazareto

 

Un inglés soltero de 29 años que no habla una palabra en castellano aterriza en el hospicio el 27 de marzo de 1922. Es un marinero con domicilio en el vapor Princesa; su oficio de foquista le vale ser considerado instruido. En la casilla de religión hay un signo de pregunta, quizás anglicano. El Boletín de Profilaxis y Sanidad Marítima y Fluvial de la rada Buenos Aires, completado con pluma en letra cursiva, sostiene que Haynes, en calidad de tripulante y procedente de Londres, está enfermo de alienación mental. Debe ser asistido en las Mercedes y es trasladado por intermedio de una agencia de la marina mercante británica. Las pupilas de Clarence Haynes permanecen rígidas, anota el médico durante el interrogatorio, que debió de ser indirecto, a través de quien lo ha traído, un representante de la Houlder Brothers & Co. ltd., con oficinas en la calle 25 de mayo 499.

 

El señor C. O. Pellens, de 27 años, casado y de nacionalidad británico, agrega que el marinero es hijo de Joseph y Clara Elizabeth y que en el barco presentaba una gran excitacion psicomotriz, delirios de grandeza. Intentó arrojarse al agua una vez, lo que no es tanto si consideramos las numerosas oportunidades de ponderar la seducción del vértigo y el vacío que le daba su trabajo. Su afección es continua pero no resulta peligroso para los demás. No ha estado internado en otros establecimientos en su país ni tiene antececentes de alienación mental y el médico consigna la preocupación de que quizá tenga sífilis. Clarence no abusa de bebidas alcohólicas pero sostiene que es un príncipe y millonario en esterlin as.

 

Su partida de defunción consigna que ingresó con alcoholismo subagudo. De hecho, murió de un coma urémico un mes y medio más tarde, 6 de mayo a las 14.10. Al comienzo, las encefalopatías urémicas apenas se distinguen de otras enfermedades del encéfalo y suelen dispararse muy rápido hacia cuadros de agitación ruidosa, alucinaciones y delirios floridos.

 

Esta es la historia del marinero foquista que partió de un puerto inglés y murió tras un ataque de locura cuando el océano se convirtió en un mar al que llaman río. Su caso no concluye con un pedido de repatriación. Es probable que la Houlder Brothers se ocupara de informar por telégrafo, o en el tiempo moroso de la correspondencia marítima, a los deudos en Londres y que con los años la muerte indocumentada de Clarence Haynes haya alimentado la mitología oral de la familia e incluso inspirado un disfraz de carnaval. Sus huesos debieron ir al osario del entonces Cementerio del Oeste al que los vecinos seguían llamando Cacharita de los Colegiales, donde se daba sepultura a los indigentes y desconocidos. Haynes murió sin dejar su imagen en el Rio de la Plata.


Alias

 

Cerca de la medianoche del 18 de marzo de 1929 Juan Martellini ingresó en el hospicio con una planilla prontuarial de la Policía de Santa Fe. Procedente del puerto de Sant´Elpidio, en la comarca italiana de Ascoli Piceno, había emigrado con sus padres a pocos meses de su nacimiento, en 1890. Pasa doce centímetros del metro y medio, es soltero, y pese a que su instrucción es escasa y su aspecto humilde, lee y escribe. Es bien conocido en el departamento santafecino de Castellanos por su ebriedad recurrente y por una acusación de hurto y tentativa de evasión, a fines de 1911. Es más grave lo de 1925, cuando se lo acusa de un homicidio cometido en Rafaela y queda entonces a disposición del juez. En tiempos de justicia expeditiva, se lo condena ese mismo año a 17 años de cárcel. La división investigaciones de la policía envía al hospicio su foto tomada de frente y las huellas digitales.

 

  Pero con apenas cuatro años en la prisión provincial los médicos santafecinos certifican que el penado Martellini, también llamado Miguel Sutrini o Zampoloni, por lo cual debemos imaginar que ha llegado hasta aquí sin documentos personales, se encuentra atacado de alienación mental y debe ser internado para su tratamiento. Y es así cómo llega en el carro policial y entonces se lo fotografía de perfil con un saco oscuro.

 

Sus identidades, sin embargo, que en la ficha se acompañan de tres fotos al correr del tiempo, agregan a la alienación el enigma de los alias. En 1934 el hospicio pide a Santa Fe se le aclare quién es en verdad el hombre remitido cinco años antes. Aunque a esa altura numerosos pacientes ya eran tratados mediante terapias convulsivas como la insulina, Zampoloni o Martellini o Sutrini, ninguno de los tres, recibió tratamiento. Queda de él, además del prontuario, el parte de su muerte, producida el 15 de junio de 1944 a las 19:40, cuando se lo llevó el marasmo, una desnutrición de ecos atávicos que hace que el cuerpo se debilite, pierda musculatura y se reblandezcan y deformen los huesos. En su fase final, puede dar a las víctimas una hinchazón que engaña la la delgadez transparente. Como en numerosos casos del archivo, Juan Zampoloni tendrá un final que no ha variado en forma sustancial desde los registros medievales, cuando solía pasar por misticismo, en la pobreza extrema de los enfermos que rechazan alimentarse.